La guerra de Pericles

La excusa para la declaración de guerra contra Atenas por parte de Esparta y de sus aliados se fundamentaba en la ruptura de los principios establecidos en las cláusulas del tratado de la Paz de los Treinta Años.

El caballo de batalla estribaba en que el tratado garantizaba que ningún Estado podría ser privado de su autonomía, cosa que no impedía ni a los atenienses el recaudar tributo de sus aliados en la Liga de Delos ni a los espartanos abandonar el control real de la Liga del Peloponeso. Más bien la cuestión giraba alrededor de que ningún Estado podía quitar a otro la libertad para dirigir sus propios asuntos, aspecto éste del que fueron acusados formalmente los atenienses.


Este artículo corresponde a un fragmento del “Módulo 2: La guerra de Pericles” del curso “Guerra del Peloponeso y la trampa de Tucídides“, creado e impartido por Daniel Martín, especialista en conflictos bélicos contemporáneos.


Realmente, varios miembros de la Liga del Peloponeso estaban tratando de llevar a Esparta hacia un cambio efectivo en su política exterior respecto a Atenas. Con tal fin en 432 la Liga se reunió ante la Asamblea espartana. Corinto formuló dos quejas formales contra Atenas: la posición tomada por los atenienses en favor de Corcira y el trato que dispensaban a la ciudad de Potidea.

El conflicto de Potidea dio su inicio en 435 cuando se formuló una revolución política conducente a establecer una democracia en la colonia corintia de Epidamno. La expulsión de los oligarcas conllevó que buscasen apoyos para restaurar su régimen en Corinto, la metrópolis, provocando un enfrentamiento de Corinto con Corcira, a la que se acusaba de haber apoyado el cambio de régimen. Recordemos que Corinto y Corcira eran dos de las tres marinas más poderosas del mundo griego, siendo la principal Atenas. Cuando se observan los acontecimientos con detenimiento se ve que Corcira, colonia de Corinto anterior a Epidamno había progresado mucho con el avance griego hacia Occidente, hasta el punto de ser un rival peligroso y con un área de influencia creciente en ese espacio en disputa con la metrópolis, Corinto, que vio la ocasión perfecta para imponer su criterio y contener a Corcira con la cuestión de Epidamno y apoyó a la oligarquía recientemente desplazada del poder en ésta última ciudad‐estado. A tal fin, ambas partes acudieron a Atenas convenciendo los de Corcira de apoyar en la forma de una alianza defensiva mutua su posición contra Corinto a los atenienses, destacando que, si se imponían los corintios, sumarían dos de las tres flotas más poderosas de Grecia y se podrían al servicio de la Liga del Peloponeso contra Atenas. La tensión fue en aumento y el conflicto se declaró entre Corcira y Corinto en la forma de una batalla naval, la de Síbota, donde los atenienses evitaron en el último momento que Corinto tomase Corcira por una serie de movimientos en los que siempre procuraron mantener el respeto a la letra de las cláusulas de la Paz de los Treinta Años al mantenerse en un aspecto estrictamente defensivo en todo momento y mostrando un carácter disuasorio.

El siguiente punto de disputa de Corinto contra Atenas, tal y como se ha mencionado, tiene que ver con la Potidea, situada en la península Calcídica y fundada por Corinto, que enviaba anualmente a los epidemiurgos a Potidea (podríamos definirlos como inspectores de colonias); no obstante, Potidea era, debido a su ubicación, miembro y tributario de la Liga de Delos. Por su proximidad al reino de Macedonia y sus recursos era de una importancia estratégica de gran relevancia. Sobre el trono de Macedonia se sentaba el rey Perdicas, antaño buen aliado de Atenas y que ahora iba animando a las ciudades de la península Calcídica a que se rebelaran contra los atenienses. Ante estos movimientos y la importancia de Potidea por Macedonia y por situarse en el marco geográfico del camino de acceso por mar a los recursos que los atenienses obtenían del Mar Negro, se decidió por parte de Atenas que respetasen el juramento hecho a la Liga de Delos y dejar de recibir a los epidemiurgos corintios anualmente y desmontar fortificaciones. Ante tal situación los de Potidea enviaron una embajada al Peloponeso para preparar la defección de la Liga de Delos, a pesar de los juramentos hechos y de las cláusulas del tratado de Paz de los Treinta Años, que establecía el respeto y no injerencia mutuos en cuanto a dominios de Esparta y Atenas, pues los espartanos se comprometieron a invadir el Ática si Atenas atacaba Potidea. Para entender lo que significaba Potidea para Atenas baste con el siguiente dato: el 7% del total de los ingresos por parte de la Liga de Delos que llegaban a Atenas anualmente pertenecían al tributo de Potidea. Los atenienses, conocedores de todos estos movimientos envían un ejército a la zona de la Calcídica y acaban por verse en la necesidad de asediar la ciudad, pues estaba reforzada por tropas corintias y mercenarios procedentes del Peloponeso, pero Esparta no enviaba ejército alguno para invadir el domino ateniense del Ática, y eran ahora los corintios los que exigían que Esparta invadiese el Ática.

Adicionalmente, Megara, que recordemos que había desertado en 446 dentro de los hechos que llevaron a la firma de la Paz de los Treinta Años, se mostraba con una causa fundamental contra Atenas, que había emprendido una guerra comercial contra ella, consistente en negar el acceso a todos los puertos y al mercado de Atenas a los megarenses, cosa que iba a dejarlos con su economía muy mermada, pues el camino natural para prosperar era enviar productos y adquirirlos en el potentísimo mercado ateniense y utilizar, ante todo, el determinante puerto del Pireo, apoyado por el del Falero en muy menor medida. El fundamento de dicho recurso contra Megara partía de la aplicación de sanciones religiosas a los megarenses por cultivar tierra sagrada y tierras fronterizas con el Ática cuya disputa aún no se había resuelto, además de acoger esclavos atenienses fugados. Si recordamos, Megara tenía una posición clave para acceder por tierra desde el Peloponeso al Ática, ya que la Megáride era fronteriza por el este. Lo que pretendía el Decreto Megarense era subsanar esa defección alentada por Corinto y devolver el statu quo ante bellum. Una de las cláusulas establecía que los atenienses no podían expandir su imperio militarmente por el Peloponeso ni por Beocia, pero los espartanos al fijar o permitir fijar dicha cláusula demostraban no haber comprendido a cabalidad los nuevos tiempos que marcaban los atenienses, pues no necesitaban de un ejército para expandirse, siendo muy efectivo el poder comercial, la influencia política y el predominio cultural absolutamente fascinante que irradiaba la Atenas de Pericles, auténtico Siglo de Oro de la humanidad en muchos aspectos, desde la arquitectura pasando por la dramaturgia, la historia, la filosofía entre otras artes.

La siguiente queja contra con los atenienses provino de un antiguo rival eclipsado ya, la isla‐estado de Egina, que acusaba a Atenas de infringir su autonomía. La isla de Egina, situada en el golfo Sarónico, justo a media navegación entre el Peloponeso y el Ática, era parte de la Liga de Delos. El aumento de la tensión registrado alrededor de 432 hizo ver a los atenienses de su valor estratégico como potencial base de una fuerza naval hostil que cortara los canales de comercio marítimo de Atenas, con lo que se votó establecer una guarnición y la reducción del tributo a la Liga de Delos de los eginos en un 50%, pero éstos insistieron en que tal guarnición acababa por poner fin al autogobierno de Egina. Para Atenas su hegemonía y las acciones emprendidas por los peloponesios amparaban dichas acciones, sumando el hecho de que, en 440, cuando Samos se rebeló fueron los mismos corintios los que habían confirmado el derecho de los atenienses de vigilar y proteger su imperio.

Una vez oídos los argumentos de todos los que hablaron, siendo los corintios los más hábiles en su argumentación a favor de la guerra, los espartanos solicitaron que los embajadores abandonaran el lugar para poder discutir la cuestión. La Asamblea sonaba soliviantada contra los atenienses, temerosos de su poder y el furor belicista se apoderaba de los presentes ante lo que ellos juzgaban una ruptura del tratado, sin necesidad de acudir a un arbitraje independiente, tal y como las cláusulas firmadas obligaban a ambas partes en la Paz de los Treinta Años. Fue en ese momento cuando uno de los dos reyes de Esparta del momento presentó un análisis brillante de la situación. Aventurarse a la guerra contra Atenas de esa manera lo juzgaba Arquidamo un error, porque los atenienses contaban con un imperio que proveía de hombres y de los recursos económicos suficientes como para afrontar una guerra larga, como sin duda sería, cosa que Esparta en ese momento no estaba tan seguro de que así fuera. Adicionalmente Esparta era una potencia terrestre, pero Atenas contaba con el dominio de los mares para proveerse y para proyectar dicho poder naval sobre la tierra. Aconsejó mandar misiones diplomáticas para negociar acuerdos en las diferentes disputas que se habían presentado como forma de contemporizar con la finalidad de aumentar el número de aliados, recursos y potenciar la faceta naval, imprescindible si se quería vencer a Atenas. Ante esta extraordinaria visión de la cuestión y de la forma de enfrentarla el éforo Estenelaidas proclamó la perfidia y la arrogancia de los atenienses y la necesidad de amparar a los aliados. A la hora de votar por aclamación no se pudo distinguir qué opción se imponía, proponiendo Estenelaidas que se dividiesen físicamente entre los partidarios de ir a la guerra y los que no, quedando claro así que había una mayoría suficiente como para ir a la guerra. Solventado este paso ahora Esparta debía ver si obtenía el apoyo de la Liga del Peloponeso reunidos en congreso, quedando patente que la habilidad retórica de los corintios no convenció a todos, pues hubo algunos que votaron mantener la Paz de los Treinta Años.

Ante tal cuestión, se envió una embajada a discutir la cuestión con los atenienses con respecto a Potidea y Egina, pero el caballo de batalla era el Decreto Megarense arguyendo la libertad de todos los griegos.

La Asamblea ateniense tenía que tener su lugar y Pericles afirmó que si se accedía a los términos expuestos sin recurrir al arbitraje independiente Esparta encontraría la vía permanente de presión sobre Atenas, y sobre dicha vía sacar lo que de verdad querían hasta alcanzar el desmembramiento del poderío ateniense y la vía de presión para alcanzar un cambio político de la democracia hacia la oligarquía.

Los tebanos abren las hostilidades 

Los beocios tenían una causa pendiente con Atenas cuando, treinta años antes, la ciudad de Platea, que cargó junto a los atenienses en Maratón contra los persas y que era claramente filoateniense, se negó a unirse a la Liga Beocia que encabezaba de una manera federal la ciudad‐estado de Tebas. Así que los tebanos lanzan un ataque preventivo y por sorpresa sobre Platea, pues deseaba asegurar mediante Platea su frontera con el Ática cuanto antes acordando un golpe de Estado con un grupo oligárquico y filoespartano de plateos contra la democracia. Lo sorpresivo y bien organizado del golpe de Estado apoyado por 300 hoplitas tebanos funcionó e inmediatamente se proclamó la unión de Platea a la Liga Beocia. Entonces llegó la noticia de que la vanguardia de 300 hoplitas tebanos estaba aislada por más tiempo del que se creía necesario. Una tormenta muy virulenta que se desencadenó dejó literalmente atascado al grueso del ejército tebano retrasándose de unas pocas hasta el día siguiente, momento en que al llegar hallaron a Platea controlada por los demócratas, lista para resistir y con los golpistas y los 300 hoplitas tebanos hechos prisioneros. Los plateos garantizaron que entregarían a los rehenes si el ejército daba media vuelta. En ese momento Atenas bullía de actividad al recibir noticias confirmadas del golpe de Estado en Platea con 300 hoplitas tebanos y con el grueso del ejército de Tebas marchando sobre la ciudad‐estado. Se decidió no perder ni un instante y enviaron inmediatamente un heraldo a los plateos para que la situación no se fuera de las manos y actuaran con precipitación. Al llegar el heraldo ateniense se encontró con los plateos atrincherados en la ciudad, armados y con todos los rehenes ejecutados. Ante estos hechos consumados la situación ya no permitía dudar más por parte de nadie: la Paz de los Treinta Años había acabado.

Los atenienses, una vez informados, reforzaron al máximo la ciudad y ordenaron la evacuación inmediata de mujeres, niños y ancianos hacia la seguridad de Atenas y sus Muros Largos. Ese hecho, el asesinar a tebanos sin respetar las tradiciones y normas no escritas pero admitidas por el mundo panhelénico prefiguró una guerra que como predijo el rey Arquidamo de Esparta iba a ser tan larga que la heredaría la siguiente generación, y que se habría de encarnizar y transformar el mundo del Mediterráneo oriental, el Egeo y más allá.

La Guerra “Arquidámica”

 

Alianzas al comienzo de la Guerra. U.S. Army Cartographer, Wikimedia Commons

Durante los primeros diez años de guerra entre Atenas y Esparta la estrategia peloponesia consistía en repetir lo que se consideraba lo normal y suficiente para vencer a Atenas y obtener una declaración de paz. Consistía en invadir por la vía terrestre a través de Megara el Ática, arrasar todas las cosechas, talar vides y olivos y las casas de los campesinos. Con ello los atenienses deberían de salir de detrás de los Muros Largos de Atenas y formar una línea de ataque con la preponderancia de la infantería pesada, los hoplitas, por ambos bandos. En tales circunstancias, los peloponesios consideraban que sus números, entrenamiento y el desprecio que sentían por los atenienses serían más que suficientes para derrotarlos en una sola batalla que ganarían. Si no lo lograban inmediatamente, sólo era cuestión de repetir esta acción una pocas veces más porque los atenienses siguiendo la costumbre y la mentalidad panhelénica del momento no lo soportarían.

Tal planteamiento era también compartido por los atenienses, al igual que calculaban que los números de los peloponesios y el entrenamiento de los espartanos harían romper la falange o línea de hoplitas que los atenienses pudieran organizar por algún punto favoreciendo un envolvimiento y la derrota. Ante esta cuestión Pericles planteó una estrategia radicalmente diferente a lo esperado. Si los peloponesios querían invadir el Ática y arrasar cosechas y posesiones, que lo hiciera. El comercio marítimo les proporcionaría todo aquello que les privara la acción peloponesia, y los fondos de Atenas estaban bien nutridos. No podrían permanecer en esos números tanto tiempo fuera de sus bases, más aún los espartanos que recordemos que temían a los ilotas mesenios. Además, de los aliados todo el mundo tenía asuntos que atender, así que si no se daba la batalla entre hoplitas esperada no podrían mantener en exceso esa posición sin una cadena de aprovisionamiento bien organizada. Cuando emprendiesen la retirada, los atenienses contraatacarían proyectando su extraordinario poder naval sobre la tierra en acciones conducentes a mostrar sus debilidades y a irlas explotando adecuada y progresivamente, siendo absolutamente intocables para el ejército peloponesio en marcha para sus respectivas ciudades‐estado. Con tal medida desmoralizarían al enemigo, que no podría resolver las cosas como estaba acostumbrado, ni siquiera se podrían enfrentar en una batalla y además verían perder recursos que para los peloponesios serían mucho más difíciles de reponer, y por el control del mar por Atenas y la abundancia de recursos económicos y de víveres, los atenienses forzarían a una paz por agotamiento a los peloponesios, calculando en unos tres años aproximadamente el punto de retorno a unas negociaciones conducentes a un nuevo tratado de paz.

Durante los diez años que el rey Arquidamo de Esparta comandó a los peloponesios, hubo invasiones anuales cinco años, del 431 al 425, y que nunca duraron mucho ni realmente hicieron mucho daño. La caballería de los atenienses caía sin descanso sobre las tropas ligeras de la Liga del Peloponeso. De todas las invasiones la que más duró fue la del año 430, al alcanzar los cuarenta días. Por si fuera poco, las dificultades que esperaban causar a los atenienses para forzarlos a combatir las empezaron a sufrir los peloponesios que temían la llegada de la flota ateniense devastando todo a su paso además de la incertidumbre ante un tiempo siempre inseguro y que puede arruinar las propias cosechas.

En 429 los tebanos lanzaron una propuesta en forma de ultimátum a los espartanos. Había que concentrarse en Platea. Si la situación se había de prolongar es cierto que los tebanos, muy poderosos, al igual que los corintios, podían decidir dejar de contribuir a la Liga del Peloponeso y seguir su propio desarrollo de alianzas, que dada su posición geográfica podría ser un rival de una gran potencia para la misma Esparta en el futuro. De manera que tomar Platea quizás fuera una buena manera de lograr algún éxito tangible, tranquilizar a un aliado y retrasar su potencial defección y ascenso. Pero Platea era un lugar simbólico para el mundo panhelénico, pues cincuenta años atrás allí se había producido una de las batallas en las que los persas fueron derrotados acaudillados los griegos por los espartanos. Así que se propuso una rendición negociada. Atenas prometió ayuda y los 600 hombres que quedaban en la ciudad decidieron resistir. Los espartanos rodearon la ciudad con un circuito de empalizadas y fortificaciones de madera para impedir la llegada de refuerzos. En invierno una tormenta permitió a los 200 de ellos abandonar Platea y huir a Atenas, que los acogió, pero eso es todo lo que hizo: acoger refugiados, pero no pudo enviar los recursos para enfrentar una potencial batalla campal en la zona contra un ejército peloponesio.

Para el verano de 426 Agis, hijo de Arquidamo, era un nuevo rey en Esparta. Su primera incursión al Ática tuvo que verse interrumpida cuando un terremoto le sorprendió, interpretándose en clave religiosa, no llegando ni siquiera a pisar el suelo del dominio de Atenas. En 425 cuando llegó el verano el joven rey Agis volvía a comandar una expedición contra el Ática, pero al llegar hallaron las cosechas demasiado atrasadas y aún verdes, además de estar muy tormentoso, cosa que los llevó a tener graves problemas para alimentarse, pues no podían forrajear nada sobre el terreno. Las tropas empezaron a mostrarse hartas de esa situación. No pudieron estar más allá de quince días sobre el Ática y tuvieron que abandonarla a marchas forzadas, pues los atenienses habían hecho una incursión de gran gravedad en la occidental de la península del Peloponeso, en Pilos que podría levantar a los ilotas mesenios.

La mala suerte no sólo afectó a Esparta y a los peloponesios. Una peste de proporciones devastadores azotó a Atenas con gran virulencia entre 430 y 429, muriendo el gran Pericles el último de esos dos años. En 426 se repitió otro brote de menores efectos. Esto, lejos de mermar el celo de los atenienses, los hizo más agresivos en cuanto a sus contraataques por mar; prepararon un plan para atraer a los griegos de Sicilia y el sur de Italia y formar una flota tan enorme como para alcanzar el medio millar de trirremes, aunque de todo ello no se pudo llevar a buen fin nada, sirva de demostración del carácter decidido y bravo de los atenienses. No obstante, los atenienses sí que pusieron las proas de algunas de sus naves hacia el oeste, cuando acudieron en ayuda de la ciudad‐estado siciliana de Leontino, antigua aliada. Dos flotas atenienses llegaron a Sicilia en 427 y 425 para lograr interrumpir o dificultar lo máximo posible el suministro de grano hacia el Peloponeso e incluso ampliar los dominios en la isla. Siracusa logró que las ciudades sicilianas se entendieran entre ellas y los atenienses tuvieron que volver al Ática en 424 bajo el lema que podríamos definir “Sicilia para los grecosicilianos”, aunque realmente ocultaba el mensaje “Sicilia para los siracusanos”.

El peor golpe para los atenienses vino a partir del año 428, cuando Mitilene encabezaba una rebelión de todas las ciudades‐estado de la estratégica isla de Lesbos, que además eran miembros fundadores de la Liga de Delos y unos contribuyentes fundamentales para poder mantener el esfuerzo de guerra de Atenas. Excepto Metimna, todas tenían gobiernos oligárquicos que vieron en la debilidad de Atenas y la confusión política tras la muerte de Pericles la oportunidad de mantener sus gobiernos oligárquicos ante el empuje democrático que se vivía y temían.

Mitilene era muy dependiente de ultramar para conseguir refuerzos y suministros, con lo que Atenas tan sólo tenía que enviar una flota y bloquear sus líneas de abastecimiento para forzar su rendición. Ante esta situación los oligarcas decidieron jugar el eje “ideológico” y recurrir a la Liga del Peloponeso, que acordó enviar al comandante espartano Álcidas, pero no demostró la determinación y la premura de los atenienses a pesar de estar en la situación en la que se encontraban, quienes enviaron un refuerzo de 100 navíos adicionales en 427. Ante esta situación los oligarcas de Mitilene decidieron organizar un reparto de armas entre la población para poder reforzar las defensas de la ciudad, pero una vez se vieron armados los ciudadanos exigieron que se hiciese un reparto igualitario del grano para una población hambrienta, ante tal exigencia los oligarcas se negaron y la ciudadanía rindió la ciudad el comandante ateniense Paques. Los líderes de la rebelión se enviaron a Atenas, para ser sometidos a juicio ante la Asamblea y para que el órgano valorase qué hacer con Mitilene. Cleón que se alzaba como uno de los nuevos hombres más fuertes del régimen propuso acabar de una vez con todas las futuras rebeliones que pudieran estallar en el conjunto del Imperio ateniense mediante el asesinato de todos los hombres adultos y que mujeres y niños fuesen esclavizados. Ante los acontecimientos de los últimos años y cegados por la ira y los peores sentimientos de venganza los atenienses votaron a favor de la propuesta de Cleón y enviaron un trirreme para que Paques cumpliese el decreto. Al día siguiente comprendieron que estaban cometiendo una injusticia sin precedentes y la Asamblea se reunió inmediatamente con la finalidad de decretar nula la anterior decisión y castigar tan sólo a los líderes de la sublevación, con lo que pertrecharon una segunda nave que se dotó de todos los medios al alcance de Atenas para alcanzar e interceptar a la primera nave. Afortunadamente, Paques no estaba acabando de leer el primer decreto cuando un emisario ateniense prorrumpió ante el comandante con el nuevo decreto para fortuna de la población.

En esos días Platea estaba sin víveres y había llegado hasta el límite mismo de la resistencia humana, con lo que capituló. Los tebanos, ansiosos de ocupar su territorio definitivamente valiéndose de cuantas argucias fueran necesarias después de décadas de aguardar exigieron a los espartanos que se les tratase con el máximo rigor y crueldad. De los 225 supervivientes, que fueron sometidos a un juicio espartano en el que se les preguntaba uno a uno: “¿has prestado algún servicio a los lacedemonios y a sus aliados en la presente guerra?” Como es natural la respuesta era no. Uno a uno, fueron asesinados. En Platea se halló a 110 mujeres que fueron vendidas como esclavas.

La superioridad naval ateniense 

Para el año 429 los peloponesios decidieron dotar una flota y ponerla bajo el mando del espartano Cnemon para desafiar el escuadrón ateniense al mando de Formión, quien desde su base en Naupacto interceptaba cualquier flota que pretendía entrar o salir de Corinto, del norte del Peloponeso y del este de Beocia. Para ello Formión se bastaba con 20 navíos, mientras que Cnemon contaba con una superioridad numérica establecida en 47, de Corinto y Sición. Ambas flotas acabaron por encontrarse en las aguas del golfo de Patrás y Cnemon dio orden de formar en círculo con las proas hacia fuera y con sus cinco mejores buques en el centro para poder acudir con rapidez ante cualquier brecha que abrieran los atenienses para tratar de crear una superioridad numérica en ese punto a favor de los peloponesios. Ante esta situación Formión dio orden de navegar en círculos alrededor del enemigo, que cada vez eran progresivamente más estrechos, pero sin atacar. El propósito era aguardar a que el viento que se levanta con el alba en el golfo y que tenía cierto grado de fuerza apiñara a los peloponesios con las maniobras atenienses como elementos vectores hasta que los peloponesios rompieran la formación para evitar golpearse entre sí. Cuando vio la ocasión más propicia Formión ordenó a los atenienses acometer a los peloponesios hundiendo numerosos buques y capturando doce de ellos.

Esparta decidió que eliminar a Formión era un objetivo prioritario de guerra para lo cual preparó una nueva flota con 77 navíos. Esta vez los peloponesios aprovecharon la superioridad numérica avasalladora para empujar a las naves de Formión hacia las aguas de un estrecho donde la maniobrabilidad de las naves atenienses quedara anulada o seriamente reducida. Ambas flotas fondearon y se mantuvieron una frente a otra durante días, hasta que se libró la batalla en la que Formión perdió nueve naves, pero rompió el cerco y escapó con el resto buscando la seguridad del puerto de Naupacto. Los peloponesios los persiguieron con ferocidad y sus naves empezaron a distanciarse unas de otras. Un trirreme ateniense que iba más rezagado estaba siendo perseguido por una nave peloponesia a gran velocidad, cuando llegaron a Naupacto ambas naves se acercaron a un mercante que estaba anclado y, entonces, el trirreme ateniense rodeó a una gran velocidad dicho mercante y envistió al trirreme perseguidor peloponesio por el costado mandándolo al fondo de una feroz envestida usando el refuerzo de la proa. Los demás perseguidores empezaron a buscar la compañía de cuantas más naves amigas mejor para reagruparse y buscar la seguridad de los números. El resto de las naves atenienses viraron y atacaron a la orden de Formión que derrotaron a la flota peloponesia, recuperando las naves perdidas y capturando seis del enemigo, entre ellas la del comandante espartano Timócrates, que se suicidó antes de caer prisionero.

A partir de ese momento los peloponesios se guardaron de los enfrentamientos navales sobre los atenienses siempre que pudieron, llegando incluso en 425 a arrastrar los barcos por el estrecho istmo de Léucade con tal de evitar una flota ateniense. La expedición de Sicilia en el futuro no haría cambiar la hegemonía naval ateniense; a pesar de que en 429 los megarenses invitaron a Cnemon a transferir los supervivientes de los 40 barcos amarrados en Nisea, el puerto de Megara más cercano a Atenas, para desde allí lanzar un ataque por sorpresa sobre el puerto de Atenas, el Pireo, no muy bien guarnecido. Al final se optó por atacar Salamina bajo el pretexto de que los fuertes vientos iban a dificultar la operación en el Pireo. Al norte de la isla de Salamina los peloponesios tomaron tres naves atenienses y causaron graves daños, retirándose antes de que el grueso de la flota ateniense llegara. Esto demostró que Atenas podía ser vulnerable por mar, con lo que Atenas apostó por cerrar las entras del Pireo y aumentar los barcos encargados de establecer guardia.

 

Muros Largos entre Atenas y El Pireo durante la Guerra del Peloponeso.


Daniel Martín es Máster en Historia Militar y Evolución del Pensamiento Estratégico, Especialista en Conflictos Bélicos Contemporáneos y Técnico Superior en HUMINT. Cuenta con un blog de Historia Militar, Geopolítica y otros aspectos (https://contubernium.blog/). Colaborador como documentalista del coronel Pedro Baños en sus dos libros y coautor de un artículo de análisis de la estrategia del DAESH en Palmira para Desperta Ferro.

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